¿Por qué le tememos a nuestra propia tinta?

En la República Dominicana repetimos ciertas afirmaciones sobre nuestra literatura con tanta frecuencia que hemos terminado por aceptarlas como verdades: que aquí no se lee, que nuestros escritores siempre escriben sobre lo mismo y que una obra dominicana necesita triunfar en el extranjero para ser reconocida en su propio país.

Las escuchamos en tertulias, ferias, presentaciones y conversaciones entre escritores. Pero, ¿cuánto hay de verdad en esas sentencias y cuánto de prejuicio, desconocimiento o frustración?

Según la Encuesta Nacional de Consumo Cultural 2024, el 29 % de la población de 13 años o más declaró haber leído al menos un libro durante los doce meses anteriores al estudio. Entre esos lectores, el 45.6 % había leído alguna obra de autoría dominicana. Estos datos no describen un país donde nadie lee a sus escritores. Revelan una realidad más compleja: una población lectora todavía limitada, pero dentro de la cual existe interés por nuestra producción literaria.

Leer un libro no equivale necesariamente a comprarlo, y esas cifras tampoco permiten medir la participación de los autores nacionales en el mercado editorial. Sin embargo, cuestionan las generalizaciones que repetimos sin examinarlas.

Otro prejuicio sostiene que la literatura dominicana gira alrededor de los mismos temas. Basta ampliar la mirada para descubrir propuestas que contradicen esa simplificación.

Odilius Vlak explora la ciencia ficción, la especulación histórica y la fantasía; Félix Villalona incursiona en el terror; y Víctor Andrés de Oleo, con Neurotopia, imagina una sociedad futura donde la inteligencia artificial se integra al cerebro humano y quienes rechazan esa transformación enfrentan la exclusión social. Rita Indiana, en La mucama de Omicunlé, incorpora elementos de ficción especulativa y preocupaciones ecológicas.

Existen, además, proyectos colectivos como De galipotes y robots y Confederación eléctrica antillana, que amplían las posibilidades de lo fantástico y lo especulativo en el Caribe. A ellos se suma el cómic dominicano, un medio narrativo con lenguaje propio, donde creadores independientes reinterpretan nuestra historia, nuestras leyendas y nuestros imaginarios.

Esto no significa que toda obra publicada sea necesariamente valiosa ni que la originalidad dependa de abordar temas futuristas. El realismo social, la memoria histórica y los conflictos identitarios siguen siendo territorios legítimos de creación. La calidad literaria reside también en el lenguaje, la estructura y la singularidad de la mirada.

Lo preocupante es que juzguemos toda una literatura a partir de una muestra reducida de sus obras.

Quizás el problema no sea solamente lo que escribimos, sino cuánto conocemos de aquello que se está escribiendo.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Nos leemos entre nosotros?

¿Conocemos las obras de nuestros contemporáneos, de los autores emergentes y de quienes escriben fuera de Santo Domingo? ¿Prestamos atención a los catálogos de editoriales independientes? ¿O esperamos que un premio internacional o una editorial extranjera nos indique qué merece nuestra atención?

La proyección internacional es importante, pero no debería sustituir nuestros propios mecanismos de valoración. Necesitamos una crítica literaria independiente, capaz de reconocer los méritos de una obra sin recurrir a la amistad, la complacencia o la notoriedad de quien la firma.

La ausencia de crítica no protege a una literatura: la debilita. Defender a nuestros escritores no significa aplaudirlos indiscriminadamente, sino permitir que sean leídos y evaluados con rigor.

También debemos distinguir entre publicar y circular.

Un libro puede estar disponible y permanecer prácticamente invisible. Después de su publicación comienza otra tarea: conseguir que llegue a librerías, bibliotecas, medios de comunicación y lectores.

La Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 registró, según el balance oficial, 714,322 visitantes y ventas preliminares superiores a RD$97 millones. Son cifras significativas que reflejan la capacidad de convocatoria del encuentro. Pero no demuestran por sí solas un hábito sostenido de lectura ni permiten determinar qué proporción de esas ventas correspondió a autores dominicanos.

La pregunta es qué sucede cuando termina la feria. ¿Dónde encuentran los lectores los libros durante el resto del año? ¿Qué oportunidades tienen las editoriales pequeñas para distribuir sus catálogos?

Sin embargo, sería injusto ignorar los avances en la descentralización cultural. En abril de 2026 se celebró una feria regional del libro en Santiago. Para octubre se anunciaron la IX Feria Internacional del Libro de San Pedro de Macorís y el VIII Festival Literario Sur en Pedernales; mientras que Santo Domingo Norte tiene programada su primera feria municipal del libro para noviembre.

Estas iniciativas, impulsadas desde distintos ámbitos culturales, demuestran que la actividad literaria no se concentra exclusivamente en la capital. Merecen reconocimiento porque amplían las oportunidades de encuentro entre escritores, editoriales y lectores.

El desafío no es comenzar desde cero, sino fortalecer y conectar lo que ya se está construyendo. Una feria puede despertar entusiasmo; una red permanente de circulación puede convertirlo en hábito.

También conviene reconocer algo que pocas veces discutimos con suficiente honestidad: los medios de comunicación no mantienen necesariamente sus puertas cerradas a la literatura dominicana. Existen espacios para entrevistas, reseñas, notas de prensa y difusión de actividades culturales que, en ocasiones, no aprovechamos suficientemente.

¿Cuántos escritores y editoriales preparan materiales informativos sobre sus publicaciones? ¿Cuántos establecen contacto con periodistas culturales o desarrollan una estrategia de comunicación que vaya más allá del lanzamiento?

No se trata de convertir al escritor en publicista, sino de comprender que escribir, publicar y promover son procesos distintos. Reclamar visibilidad también implica asumir la responsabilidad de buscarla.

Las instituciones tienen igualmente obligaciones. La Ley 502-08 del Libro y Bibliotecas estableció instrumentos para fortalecer el sector, incluido el Consejo Intersectorial para la Política del Libro, la Lectura y las Bibliotecas. Pero la existencia de una legislación no basta: necesitamos conocer sus resultados, evaluar las políticas y exigir transparencia sobre las acciones destinadas a ampliar el acceso a la lectura.

Tampoco podemos ignorar nuestra responsabilidad editorial. La corrección, el diseño, la distribución y la promoción forman parte de la vida de un libro. Una obra necesita calidad literaria, pero también condiciones profesionales para encontrar su público.

Quizás debamos abandonar la costumbre de convertir nuestras dificultades en sentencias definitivas. Decimos que aquí no se lee, cuando necesitamos comprender mejor quiénes leen y qué obstáculos enfrentan. Afirmamos que nuestros escritores repiten los mismos temas, mientras desconocemos buena parte de sus propuestas. Reclamamos reconocimiento, pero no siempre examinamos cómo lo concedemos ni cuánto hacemos para construirlo.

La literatura dominicana no necesita indulgencia, aplausos automáticos ni una defensa basada exclusivamente en el orgullo nacional. Necesita lectores, crítica, circulación, instituciones evaluables y un sector editorial dispuesto a asumir sus responsabilidades.

Porque una literatura no se fortalece solamente cuando sus autores escriben. Se fortalece cuando una sociedad encuentra razones para leerlos, discutirlos y volver a ellos.

Tal vez sea hora de dejar de preguntarnos por qué el mundo no reconoce suficientemente nuestras voces y comenzar por examinar cuánto hacemos nosotros para conocerlas.

Nuestra tinta no necesita permiso para existir. Necesita una sociedad dispuesta a leerla sin prejuicios y a juzgarla sin complacencias.