8 DE MARZO: La historia que nació en las fábricas y las conquistas que todavía nos deben

Este domingo 8 de marzo de 2026 el mundo vuelve a teñirse de morado. No es una celebración. Es una conmemoración con raíz obrera, con sangre de trabajadoras y con una deuda histórica que el patriarcado sigue sin saldar. Esta es la historia completa del 8M, contada desde donde debe contarse: desde las mujeres que pusieron el cuerpo.
Todo empezó con las manos de las obreras. En 1857, cientos de costureras de la compañía Lower East Side de Nueva York salieron a las calles a exigir lo mínimo: jornadas de 10 horas —trabajaban más de 12—, salarios dignos y condiciones que no las mataran. La policía las dispersó a golpes. Medio siglo después, en marzo de 1908, 15,000 obreras textiles marcharon por la misma ciudad al grito de "Pan y Rosas", reclamando el fin del trabajo infantil, mejores salarios y el derecho al voto.
Eran mujeres pobres, migrantes, muchas sin papeles. El feminismo no nació en los salones: nació en los talleres, como recuerda Malvestida en su recorrido por el origen del 8 de marzo y el color morado.
El 25 de marzo de 1911, el incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York selló con fuego la memoria feminista. Murieron 146 personas, la mayoría mujeres jóvenes, inmigrantes judías e italianas, que cosían camisas por centavos. Las puertas de la fábrica estaban cerradas con llave por los patrones para evitar que descansaran o robaran tela. Cuando el fuego estalló, no pudieron salir. Algunas se lanzaron desde los pisos superiores. Ese horror no fue un accidente: fue la consecuencia lógica de un sistema que trataba a las mujeres trabajadoras como material descartable.
El incendio de la Triangle es el símbolo más brutal de por qué el 8M es, antes que nada, un día de lucha obrera.

Un año antes de la tragedia, en 1910, la socialista alemana Clara Zetkin había propuesto en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague la creación de un Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Zetkin, que dedicó su vida a la emancipación de las mujeres desde el movimiento obrero, pronunció las palabras que siguen resonando: "Para impulsar la emancipación política de la mujer es deber agitar a las masas, ilustrarlas con discursos y literatura sobre la necesidad de la emancipación". No pedía flores. Pedía derechos. En 1917, las mujeres rusas salieron a las calles de Petrogrado el 8 de marzo (23 de febrero en el calendario juliano) exigiendo pan y paz, y su huelga fue la chispa que encendió la Revolución de Febrero. Fueron obreras, otra vez, las que cambiaron la historia.
La ONU proclamó oficialmente el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer en 1977, pero el sistema se ha encargado de domesticar la fecha: la convirtió en un día de felicitaciones, regalos y descuentos en tiendas de ropa. El capitalismo hizo lo que mejor sabe hacer: vaciar de contenido político una conquista y venderla como producto.
Contra esa domesticación, el feminismo contemporáneo ha reclamado con fuerza el sentido original del 8M. Como documenta Maldita.es, cada año circulan decenas de bulos y desinformaciones diseñados para deslegitimar la lucha feminista. Desmontar esas mentiras es también parte de la batalla.
Las olas del feminismo fueron sacudiendo el mundo una tras otra. La primera, en el siglo XIX, peleó por el derecho al voto y a la educación. La segunda, en los años 60 y 70, exigió derechos reproductivos, igualdad laboral y la denuncia de la violencia sexual. La tercera trajo la interseccionalidad: la comprensión de que no existe una sola mujer universal, sino mujeres atravesadas por clase, raza, orientación sexual, identidad de género y territorio. La cuarta ola, la que vivimos ahora, se alimenta de las calles y de las redes, del "MeToo" y del "Ni Una Menos", de las huelgas feministas masivas y de una generación que no está dispuesta a negociar lo innegociable. Como explica Malvestida en su breve historia del feminismo, cada ola fue construida sobre los hombros de las que vinieron antes.
En América Latina y el Caribe, el 8M tiene un peso particular. Somos la región más letal para las mujeres fuera de zonas de guerra. Los feminicidios siguen siendo una pandemia silenciada. La brecha salarial persiste: las mujeres ganan en promedio entre un 15% y un 25% menos que los hombres por el mismo trabajo, y la mitad de esa diferencia se explica por la mayor parcialidad del empleo femenino, es decir, por un mercado laboral que obliga a las mujeres a trabajar menos horas porque son ellas quienes cargan con los cuidados no remunerados. Como ha documentado EFE Feminista, los derechos de las mujeres están en retroceso por el avance de la ultraderecha en múltiples países.
En República Dominicana, la lucha feminista tiene genealogía propia. Desde las Mirabal —cuyo martirio dio origen al 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer— hasta las periodistas y activistas que hoy sostienen la agenda de género en condiciones hostiles. Nuestra plataforma, Ciudadanía Fémina han construido espacios de articulación feminista, recuperación de memorias históricas y visibilización de pioneras dominicanas que el relato oficial borró.
Las conquistas por venir son enormes y urgentes
Falta la paridad real en los espacios de poder político y económico. Falta el reconocimiento y la redistribución del trabajo de cuidados, esa economía invisible que sostiene al mundo y que recae desproporcionadamente sobre los cuerpos de las mujeres. Falta el acceso universal a la salud sexual y reproductiva, incluyendo el derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos sin que un Estado, una iglesia o un hombre legisle sobre ellos. Falta erradicar la violencia machista en todas sus formas: física, sexual, económica, digital, institucional. Falta que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías no reproduzcan los sesgos de género que ya infectan al mundo analógico. Falta, en definitiva, que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en una realidad cotidiana.
Como advierte EFE Feminista, este 8M se marcha también contra la reacción antifeminista que busca devolver a las mujeres al silencio.

La primera, en el siglo XIX, peleó por el derecho al voto y a la educación. La segunda, en los años 60 y 70, exigió derechos reproductivos, igualdad laboral y la denuncia de la violencia sexual.
El 8M de 2026 llega en un contexto global convulso
Mientras el mundo mira hacia Medio Oriente, donde una guerra devasta a poblaciones enteras —y donde las mujeres y las niñas son siempre las más vulnerables—, el feminismo recuerda que no hay paz posible sin justicia de género. Que las guerras las deciden hombres en salas de poder y las pagan mujeres en hospitales, en campos de refugiados, en casas destruidas. Que la militarización del mundo es también una forma de violencia patriarcal.
Este 8M, como señala Maldita.es en su cobertura sobre las brechas laborales, las mujeres han triplicado su presencia en el mercado laboral en medio siglo, pero siguen cobrando menos, trabajando en peores condiciones y cargando con la doble y triple jornada.

Como escribimos desde aquí, Ciudadanía Fémina: narrar a las pioneras es construir futuro. Nosotras somos las herederas de las obreras. Y seguimos de pie.
Mañana, 8 de marzo de 2026, las calles volverán a ser nuestras. No marchamos por flores. Marchamos por las 146 obreras de la Triangle que murieron encerradas. Por Clara Zetkin y su grito en Copenhague. Por las Mirabal y por cada mujer asesinada por el hecho de ser mujer. Por las que cuidan sin que nadie las cuide. Por las que trabajan el doble y cobran la mitad. Por las niñas que merecen un mundo donde su género no sea una sentencia. El feminismo no es una moda ni una fase: es la revolución más larga de la historia, y todavía no terminó.
Como escribimos desde aquí, Ciudadanía Fémina: narrar a las pioneras es construir futuro. Nosotras somos las herederas de las obreras. Y seguimos de pie.






