Hasta siempre, hombre bueno

Porque la vida junto a ti fue una aventura de aprendizajes. Un ir y venir por territorios donde la gente necesitaba que llegara el desarrollo. Allí tú llevabas siempre la convicción de que era posible construir un futuro mejor.

Desde que tengo memoria te vi caminar entre el trabajo en el campo y los libros. Entre agricultores y agricultoras, comunidades y proyectos. Y en medio de ese trajinar constante, siempre encontrabas tiempo para nosotros: para jugar, aconsejar, escuchar y organizar cada encuentro familiar.

Crecí viéndote enseñar en pequeñas enramadas de suelo de barro y techos de palma. En lugares remotos de Veraguas y Chiriquí, en Panamá; o en los rincones productivos de San Juan y Santiago, en nuestro país. Allí comprendí que tu trabajo iba mucho más allá de la agricultura: consistía en acompañar personas, compartir conocimientos y sembrar esperanza.

Siempre me sentí privilegiada por la oportunidad de acompañarte en tantos talleres de extensión agrícola. Aquellas jornadas también venían cargadas de responsabilidades: manejar el papelógrafo, organizar las sillas o redactar en fichas los aportes de los participantes.

Sin embargo, lo que más disfrutaba eran los trayectos de ida y vuelta. En esos caminos conversábamos sobre la vida, la política, la economía y las responsabilidades que trae consigo el paso del tiempo. Nunca olvidaré aquella noche en que, regresando de Tamboril hacia Santo Domingo, un fuerte temporal nos sorprendió en Bonao. Fue allí, mientras esperábamos que amainara la tormenta, donde me hablaste de la fe, de la lealtad y del amor. Son lecciones que sigo llevando conmigo.

Tu vida como agrónomo, planificador y pensador del territorio terminó, de alguna manera, entrelazada con mi sueño de ser periodista. Recuerdo que una vez me dijiste que lo habías sabido desde que era niña, cuando después de recorrer Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Honduras por la Carretera Panamericana, escribí una historia sobre cada lugar que habíamos visitado.

También nos regalaste esas inolvidables “vacaciones agrícolas”, como llamabas a los viajes familiares. Aquellos momentos los esperábamos con entusiasmo. Durante esos recorridos compartías anécdotas y enseñanzas que hoy forman parte de nuestra historia familiar: el recuerdo de aquel muchacho de 13 años que supo del ajusticiamiento de Trujillo en medio de un silencio sepulcral, porque el temor se respiraba en cada palmo; o las vivencias que marcaron tu participación en los acontecimientos del 24 de abril de 1965 en tu amada barriada de Capotillo.

Pocos días antes de tu partida tuve la oportunidad de confirmar, una vez más, el inmenso amor que sentías por nuestra madre. Cincuenta y dos años de matrimonio no eran simplemente una cifra. Fue un amor que cultivaste con el mismo cuidado y la misma dedicación con que asumías todo lo importante en tu vida.

Para tus nietos y nietas eras mucho más que un abuelo. Te convertiste en cómplice de sus sueños, compañero de sus ocurrencias y guardián silencioso de sus inquietudes. Por ellos, y también por ellas, aprendiste sobre Internet y las redes sociales. Siempre quisiste comprender el espíritu de los tiempos y encontrar la manera de dialogar con cada nueva generación.

Esa capacidad de conectar con las personas nacía tanto de tu amor por la familia como de tu permanente vocación de servicio. Primero acompañaste a campesinos y campesinas; luego a comunidades de fe; más tarde a personas que enfrentaban enfermedades terminales, para no olvidar el dolor de mi hermana Haydee Carolina (EPD). Siempre estuviste dispuesto a escuchar, comprender y ayudar.

Y esto no lo digo solamente como tu hija.

Desde que tu ausencia amenaza con desbordarme, muchas personas que recibieron tu apoyo a lo largo de los años se han acercado. Algunas me tomaron de las manos; otras me hablaron al oído. Todas coincidían en algo: me pedían encontrar consuelo en tu recuerdo, porque habías vivido haciendo el bien.

Entonces comprendí que tu legado no habita únicamente en la familia. Vive también en cada persona a la que tendiste la mano. Vive en las comunidades donde trabajaste, en las amistades que sembraste y en las generaciones que encontraron en ti una guía sincera.

Como las semillas que tanto amaste cultivar, tu ejemplo seguirá dando frutos.

Hasta siempre, hombre bueno.

Mi padre, Manuel Antonio Lora Gerardo (1947-2026)