Marjane Satrapi: dibujó para que ninguna mujer fuera borrada

Fue la niña iraní que se negó a que su historia la contaran otros. Fue la mujer exiliada que convirtió el lápiz en un arma política. Murió el 4 de junio de 2026, a los 56 años, pero su obra sigue siendo lo que siempre fue: un acto de resistencia feminista irreductible.

¿Qué sucede cuando el cuerpo de las mujeres se convierte en territorio de disputa? Cuando el Estado, la religión o el patriarcado legislan sobre lo que podemos vestir, decir, amar o recordar, la única respuesta posible es la resistencia. No la retórica vacía que el discurso hegemónico ha vaciado de sentido, sino la resistencia como acto político concreto: el de existir, nombrar y crear en contra del silenciamiento.

Como escribió el poeta palestino Marwan Makhoul: "Para escribir una poesía que no sea política, debo escuchar a los pájaros. Pero para escuchar a los pájaros, los aviones de guerra deben guardar silencio". Marjane Satrapi entendió eso desde muy joven. Y eligió el lápiz.

Una mujer que se negó a ser borrada

El pasado 4 de junio de 2026, la artista franco-iraní falleció en París a los 56 años. Según confirmaron sus allegados en un comunicado transmitido a la AFP, Satrapi "murió de tristeza", más de un año después del fallecimiento de su esposo, el productor y director sueco Mattias Ripa. El gobierno francés rindió homenaje a quien consideró una de las voces culturales más importantes de su tiempo.

Nacida en Rasht, Irán, en 1969, Satrapi vivió en primera persona la Revolución Islámica de 1979 y el derrocamiento del Sah Mohammad Reza Pahleví. Exiliada en Europa desde los 14 años, se instaló definitivamente en París en 1994. Pero nunca dejó de ser iraní. Nunca dejó de ser la niña que vio cómo su país cambiaba de nombre sin cambiar de opresión —y que decidió que eso también había que dibujarlo.

Porque eso es lo que hacen las mujeres cuando el sistema les niega la palabra: buscan otro lenguaje. Satrapi encontró el suyo en el trazo negro sobre papel blanco.

Persépolis: autobiografía como acto feminista

En el año 2000, Satrapi publicó Persépolis, la novela gráfica que narró su infancia en Teherán bajo la Revolución Islámica. En blanco y negro, con una línea limpia y sin concesiones, introdujo al mundo un Irán que los grandes medios no mostraban: el de las mujeres que resistían en privado, el de las familias que escuchaban punk a escondidas, el de las adolescentes que aprendían que la libertad también se puede perder.

Pero Persépolis no fue solo un testimonio. Fue, ante todo, un gesto feminista radical: el de una mujer que se negó a que su historia fuera contada por otros. En un mundo donde las narrativas sobre las mujeres iraníes eran construidas casi siempre por hombres occidentales o por el régimen teocrático que las oprimía, Satrapi tomó la pluma y dijo: yo me narro a mí misma.

La obra se extendió en cuatro volúmenes entre 2000 y 2003, fue adaptada al cine de animación en 2007 y le valió, entre otros reconocimientos, el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024. Pero ningún premio define su legado mejor que esto: millones de mujeres alrededor del mundo se reconocieron en Marji, la niña de trazo simple que preguntaba cosas que no se podían preguntar.

El arte de las mujeres no es ornamental: es una intervención

Satrapi no dibujaba para decorar. Dibujaba para combatir. Su obra es la demostración de que el arte producido por mujeres no es sentimental ni marginal: es una intervención directa en el mundo. Cada trazo de Persépolis es una respuesta a quienes pretendieron borrar a las mujeres iraníes de la historia pública, reducirlas al silencio del velo obligatorio, negarles el derecho a ser protagonistas de su propio relato.

En un contexto global donde los derechos de las mujeres siguen siendo objeto de negociación política —donde los cuerpos femeninos continúan siendo territorios en disputa, desde Irán hasta América Latina—, la obra de Satrapi no es solo memoria: es vigencia. Es una advertencia y una herramienta.

Y es también una genealogía. Satrapi forma parte de una larga tradición de mujeres artistas que usaron la creación como forma de supervivencia política: desde Frida Kahlo hasta Nawal El Saadawi, desde Audre Lorde hasta las mujeres del movimiento Mujer, Vida, Libertad que hoy siguen resistiendo en las calles de Irán.

Lo que permanece

Marjane Satrapi se fue. Pero nos dejó una certeza que ningún régimen, ninguna ley retrógrada y ningún discurso antifeminista puede borrar: el arte es político, la resistencia es política, la vida de las mujeres es política.

Y mientras eso siga siendo necesario decirlo —mientras haya mujeres a quienes se les prohíba existir en sus propios términos, mientras haya niñas que no puedan contarse a sí mismas—, Persépolis seguirá siendo un libro de combate.

Marji no murió. Sigue dibujando.

(Con datos de La Cadera de Eva)